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Seamos la crisis finale

La historia se ha empantanado en una actualidad sin fin. Este presente lleno de guerras y catástrofes es su propio horizonte, aún más guerras y catástrofes, aún el año más caluroso jamás registrado, aún más crisis.

El espacio-tiempo capitalista se ha extendido por todo el mundo. A la producción globalizada se ha superpuesto una unificación temporal mundial, en particular a través de Internet y de la sincronización en red de la producción. Dentro de este espacio-tiempo, estamos capturados, aislados y sometidos a la competencia en la sumisión al trabajo. La experiencia del confinamiento ha sido una de sus demostraciones más concretas: un espacio-tiempo unificado que conecta en red a individuos cada vez más aislados unos de otros.

Los capitalistas han pasado 50 años reestructurando, a tientas, el aparato productivo hasta llegar a la actual división internacional del trabajo. Con la integración mundial de la producción, son millones de proletarios, que a veces viven a miles de kilómetros de distancia, los que trabajan juntos al mismo tiempo, conectados por pantallas, organizados a traves de plataformas y pagados por tarea.

Esto también se refleja en el resto del trabajo y en toda la organización de la sociedad. Aunque en lugares y espacios diferentes, ahora vivimos en un único espacio-tiempo, en una única mina-fábrica-almacén-vertedero-mundo. Una misma civilización de palés, contenedores y neumáticos, para distribuir mercancías como para construir barricadas. El capital no es solo la civilización actual. Es un términus. La trayectoria es evidente: si la humanidad persiste en lo previsible, será el ahogamiento. El capitalismo lleva consigo este destino frío y mineral, en una aceleración permanente.


Este presente sin futuro está fuertemente marcado por el desarrollo de las tecnologías algorítmicas. Esta reorganización del capitalismo implica una nueva confrontación entre bloques imperialistas con alianzas cambiantes, por la negociación de acuerdos comerciales, por el control de minerales estratégicos, por el acceso a la energía… El capital reduce el mundo a un conjunto de recursos, de mercancías. Como en un videojuego, un bosque no es para ellos más que un número de tablas potenciales; una montaña, unos kilos de oro; las nubes, agua en suspensión que hay que captar antes de que crucen la frontera, y lo mismo ocurre con los cursos de agua y las capas freáticas. Para apoderarse de estos recursos, las clases dirigentes multiplican las guerras.

Con respecto a los proletarios, todos los Estados se convierten en una ventanilla única de distribución de golpes de porra, gases y cosas mucho peores: los ejércitos se modernizan y se preparan para conflictos que los estados mayores denominan pudorosamente «híbridos», lo que en lenguaje concreto significa que se organizan para reprimirnos presentando nuestros movimientos como fruto de manipulaciones extranjeras. En el bloque occidental, se acusará a los levantamientos de ser prorrusos. En Rusia, proeuropeos. Esta cantinela se repite desde Hong Kong hasta Francia, desde Irán hasta Colombia, desde Kazajistán hasta Estados Unidos o Sudán. Este mismo mecanismo de división en bloques vuelve a caer como una tapa para apagar las revueltas.

Los Estados también buscan, mediante la guerra, extinguir o al menos congelar los conflictos sociales bajo el consenso nacionalista. Las guerras implican para los Estados movilizarnos y reprimirnos, mientras que los levantamientos indican la debilidad del consentimiento a la guerra y la adhesión al Estado. Los levantamientos y las guerras trazan así un mapa mundial de las relaciones entre los Estados y las poblaciones frente a la evolución del capitalismo actual.

Gestionar la escasez, insistir en la soberanía nacional, prometer paz y hacer la guerra, eso es el horizonte de todos los líderes políticos. En este entorno internacional, la derecha capitalista está a la ofensiva. La izquierda alaba el statu quo, promete paz social, defensa de las instituciones, en definitiva, como todo buen ciudadano, juega a ser el «policía bueno»… hasta que vuelve el malo. Y la lista es larga: Bolsonaro, Erdogan, Meloni, Milei, Modi, Putin, Trump… En una parte del mundo, es mediante la construcción de un bloque popular machista y racista de apoyo a los ricos y a la nación, que se mantiene, por un tiempo, un poder burgués centrado en la defensa de los intereses de los industriales del capital extractivista, los terratenientes y la tecnología. Esta estrategia sirve para promover el aplastamiento y el sometimiento de la mayoría: nuestra clase.

En esta curiosa novela moderna, el proletariado ya no sabe si existe, pero sabe que está perdiendo todas las batallas. Desde la URSS y su caída, la engañosa bandera del «gobierno de los trabajadores» está en crisis. La revolución política e ideológica está en crisis. Socialistas, marxistas-leninistas, fundamentalistas de diversas religiones, nacionalistas de todos los países pretendían «poner la política al mando», construir un Estado soberano e independiente capaz de dirigir la economía.

Pero estas ideologías de control, recuperación y represión de los movimientos revolucionarios traicionan incluso sus escasas promesas cuando se enfrentan al ejercicio del poder, que se reduce a la gestión del capital y al Ministerio del Interior.

Las identidades políticas son otro subproducto de esta crisis ideológica. Forman un mosaico que constituye uno de los últimos relatos de la modernidad capitalista, el de la impotencia individual ligada a la negación de toda perspectiva revolucionaria colectiva. Es el reinado del «sálvese quien pueda», del «los nuestros antes que los demás» o las singularidades exacerbadas. Al contrario la revolución se extiende mediante la identificación con la lucha y a su expansión, el lema de estas corrientes es «cada uno en su casa» y «alianzas circunstanciales». Se trata de dispositivos contrarrevolucionarios que funcionan como puertas cortafuegos contra nuestros movimientos.


Porque una de las dinámicas de estos movimientos es precisamente la de producir nuevas formas de identificación, que buscan nombrar lo común en lucha, un «nosotros» como el de los Chalecos Amarillos, que dice y nombra la constitución de la clase en lucha contra nuestra condición social. Esta dinámica —la hemos experimentado in situ— es fundamental para la lucha contra el racismo, el sexismo, etc., dentro de los movimientos, condición indispensable para el crecimiento de nuestra fuerza colectiva. Mientras que la izquierda solo propone la moral y la apelación al Estado, los movimientos son el escenario de la superación en acción de los roles sociales y las divisiones racistas, sobre la base de la ampliación de la lucha y el rechazo de lo que nos debilita, empezando por las ideologías reaccionarias que pretenden dividir entre nacionales y extranjeros, que quieren devolver a las mujeres «a su lugar», etc., en definitiva, que abogan por la vuelta a la normalidad. Pero nada es posible o se extingue rápidamente sin atacar el trabajo, sin organizar colectivamente todas las tareas de la reproducción social, desde el cuidado de los niños hasta el cuidado de los enfermos. Esto es, en particular, lo que llamamos «extensión revolucionaria».

El nacionalismo es el horizonte global de la derrota

Para las diversas propuestas políticas que hoy en día son mayoritarias en el espacio público, vencer significaría reconstruir la nación. Dicho de otro modo, se nos propone renovar «el contrato social» entre la comunidad nacional y el Estado, en términos que pueden variar, pero que definen un dentro y un fuera: en este sentido, este discurso es siempre nacionalista, independientemente de su tendencia política. Para algunos, será en el lenguaje de la izquierda y sus marcadores ideológicos, antiguos o nuevos: «woke», «ecologista», «antifascista», etc., en definitiva, el progresismo. Para otros, a menudo clasificados como «de derecha», se tratará del «antiwokismo», de la «tradición», de «defender la familia», en resumen, de la reacción. En este enfrentamiento cultural entre progresismo y reacción, lo que se nos propone es representarnos para dirigirnos. Utilizar nuestros movimientos como vehículo para tomar el Estado, entendido como el único instrumento capaz de cambiar el mundo o, al menos, de convertir el país en un bastión próspero que nos proteja de los tumultos económicos y bélicos del mundo.

El movimiento puede así disolverse en una Asamblea Constituyente, como en Chile, y en la victoria de los bloques de izquierda en las elecciones, como en Colombia o Sri Lanka. La pacificación social y la normalidad socialdemócrata preparan el terreno para el golpismo neofascista.

Estos diversos discursos de los supuestas direcciones de nuestras luchas, que pretenden darles una agenda del mal menor, que se basan en la retórica de la urgencia climática, social, etc., son ineficaces. Solo sirven para mantener el orden. Nos devuelven a la espera y a su evolución lógica, la decepción. Sin embargo, hay otra dinámica en marcha. La del cambio general. Lo que da fuerza a nuestros levantamientos no son las «tiendas» politicas, las plataformas, los partidos, los sindicatos, que los canalizan y los entierran. Es la negativa a someterse al realismo político capitalista.

Como lo ha demostrado la crisis pandémica, las consecuencias de los acontecimientos sociales (bloqueo de la producción, catástrofes, etc.) se han globalizado: nuestra época es la de la unificación de la experiencia proletaria a escala mundial.

La historia pasada estaba formada por diferentes burbujas espacio-temporales que reunían solo a decenas, cientos de millones de personas como máximo. Cada burbuja vivía de manera relativamente separada. Hoy en día, somos miles de millones viviendo bajo el capitalismo. Cada día, el proletariado vive y experimenta miles de millones de vidas, cada año condensa el equivalente a un siglo pasado. Es esta inmensa acumulación de experiencia la que hace posible la transición algorítmica del capital. Esto requiere extraer y transformar nuestras vidas en un conjunto de datos que también sean explotables y que constituyan el combustible de esta transición.

Por ejemplo, en cada instante, millones de personas conducen vehículos y se guían en el espacio conectando su smartphone a Google Maps. Se geolocalizan en tiempo real, indican su posición y siguen las instrucciones de un operador mundial, que no es un simple mapa, sino un dispositivo que centraliza, regula, controla y prevé nuestros comportamientos, llegando incluso a sugerirnos las tiendas en las que podríamos consumir. Todos estos datos también son utilizados por las plataformas de reparto, movilizados en las guerras… y podríamos seguir con la lista. Esta inmensa infraestructura de servidores, satélites, teléfonos inteligentes, vehículos, impulsada por diversas fuentes de energía, que requiere extracción minera, penitenciarios industriales y diversos estragos, es una parte de la maquinaria mundial que nos captura, nos encierra y que nos vemos obligados a alimentar siempre más.

Ante esta transición, surgen diversos proyectos reformistas. Algunos pretenden atacar un pseudotecnocapitalismo y aprovechan para distinguir entre un capitalismo bueno y uno malo. Ya nos habían hecho lo mismo con las finanzas. Otros prometen utilizar algoritmos para planificar la producción de forma «democrática». Todos ellos son proyectos capitalistas. Los gestores y nacionalistas de todos los bandos prometen, en el fondo, una sola cosa: hacer que otros sufran las peores consecuencias de los fuegos infiernos que ellos mismos alimentan. Contra todos estos apologistas del capital, reafirmamos que estamos del lado de la destrucción de la economía y del Estado.

No es necesario hacer toda una teoria de ello, es lo que ya hacen todas nuestras luchas en cuanto cobran importancia. Es lo que ponen en práctica los explotados del mundo en cada levantamiento. En todas partes, cuando se pone en marcha, nuestra clase ataca las infraestructuras estatales y capitalistas. Entonces bloqueamos, quemamos, cortamos, destrozamos… Y seguiremos haciéndolo. Pero ¿hacia dónde? Necesitamos orientación, mirada, estrategia. Necesitamos pensar colectivamente en la perspectiva de la victoria, al mismo tiempo que recorremos los caminos de la lucha.

Somos más que la suma de todos los oprimidos. Como clase, como punto de unidad en la lucha, para su extensión en el tiempo, el espacio y la sociedad, somos la única perspectiva de salida de la opresión y de la explotación. Juntos tenemos interés en la revolución social y total. No nos perderemos en una lista infinita de lo que hay que destruir. Este tipo de lista siempre es una reducción y produce separación donde hay continuidad. Esto lleva a la idea errónea de que sería posible acabar con una parte del problema sin resolverlo en su totalidad, y luego, poco a poco, se establecen prioridades y finalmente nos encontramos con «terrenos de lucha» que son propiedad de una galaxia de « tiendas » politicas competidoras. Pero digamos de todos modos que queremos derribar todo lo que mantiene en pie este mundo. La familia y el Estado, el dinero y la carcel, la escuela y el trabajo, la justicia y la policía, las naciones y las religiones… Es la ofensiva contra todo eso, contra la relación social capitalista en su totalidad, lo que llamamos revolución, al mismo tiempo que la producción de una sociedad nueva y libre, o más bien de una miríada de sociedades nuevas y libres mediante la apertura revolucionaria de los posibles.

Seamos la crisis final

La revolución mundial es la única novedad capaz de sacarnos de este presente sin futuro, la única forma de «crisis» que no es una prórroga, sino la destrucción de la trampa en la que nos encontramos. No es la primera vez en la historia de la humanidad que las olas revolucionarias sacuden el mundo. Desde la aparición del proletariado, es asi que se manifiesta nuestra fuerza y la dimensión mundial de nuestra lucha. Lo que está en juego aquí es nuestra capacidad —la de nosotros, que no somos nada, los proletarios— para encontrar una salida para toda la especie en este gran « escape game » mundial que es el capitalismo contemporáneo.

A dentro y contra este presente del capital, nuestra clase lucha y combat, en la niebla, sin horizonte. Perforar esta niebla, trabajar por la extensión de una nueva ola revolucionaria, por su sincronización a escala mundial, por la constitución de una cadena de acontecimientos que arrastre al mundo entero en un proceso revolucionario: ¡ese es nuestro delirio!

(Traducción en proceso de verificación)